Rojo y blanco
Rojo y blanco El doctor Du Poirier salió perfectamente de aquella prueba de paciencia, en medio de la cual su orgullo se sentía satisfecho. Le gustaba hablar y, sobre todo, convencer a personas enemistadas. Era hombre de un exterior repelente pero de espíritu firme, vivo y emprendedor. Desde que se había mezclado en intrigas políticas, el arte de curar en el cual había llegado a obtener uno de los primeros lugares, le aburría. El servicio de Carlos X, a lo que él llamaba la política, proporcionaban alimento a sus des/os de actuar, de trabajar, de ser tenido en cuenta. Las personas que deseaban halagarle le decían:
—Si los batallones prusianos o rusos nos devuelven a Carlos X, alcanzará usted el puesto de diputado o ministro. Será usted el Villéle del nuevo régimen.
—Entonces como entonces —respondía Du Poirier. Mientras esperaban, sentía todos los placeres de la ambición triunfante. He aquí como: