Rojo y blanco
Rojo y blanco Finalmente, la carretera daba un brusco viraje, y el regimiento se encontró ante las primeras líneas de fortificaciones, que, por el lado de París, parecían extremadamente bajas y como enterradas. El regimiento hizo alto y fue reconocido por la guardia. Habíamos olvidado decir que una legua antes, en la orilla de un arroyo, se habían detenido para limpiarse y arreglar sus uniformes. En pocos minutos las trazas de barro habían desaparecido, y los uniformes y arneses de los caballos habían recobrado todo su esplendor.
Fue hacia las ocho y media de la mañana, del veinticuatro de marzo de 183…, y con un tiempo sombrío y frío, cuando el 27.º regimiento de lanceros entró en Nancy. Iba precedido por un destacamento magnífico y que tuvo el mayor éxito entre los burgueses y modistillas de la localidad: Treinta y dos cometas, con uniformes rojos y montados en caballos blancos, tocaban una marcha hasta romper los tímpanos. Además, los seis cornetas que formaban la primera fila eran negros, y el cometa mayor tenía más de siete pies de estatura.
Las beldades de la ciudad y particularmente las jóvenes obreras de puntillas, se asomaron en todas las ventanas del recorrido y fueron muy sensibles a aquella aguda armonía; verdad es que era realzada por los uniformes rojos, recamados de galones de oro, que llevaban los cornetas.