Rojo y blanco
Rojo y blanco «Entonces, ¿morir no es más que esto? —se decÃa la señora de Chasteller, que estaba muy lejos de pensar que no tenÃa más que una fiebre corriente—. La muerte no serÃa absolutamente nada si tuviese a Leuwen aquÃ, cerca de mÃ. Me darÃa el valor que me falta. En realidad, sin él, la vida tendrÃa muy pocos alicientes para mÃ. Me desesperarÃa en el fondo de esta provincia en la cual, antes de su llegada, mi vida fue tan triste… Pero no es noble y además es un soldado del justo medio, o lo que todavÃa es peor, de la república…».
La señora de Chasteller llegó incluso a desear la muerte.
Estaba casi a punto de odiar a la señora d’Hoquincourt, y cuando descubrió aquel principio de odio en su corazón, se despreció a sà misma. Como quiera que desde hacÃa quince largos dÃas no veÃa a Leuwen, el sentimiento que le tenÃa no le proporcionaba más que desdichas.
Leuwen, en su desesperación, habÃa ido a echar a) correo de Darney tres cartas, por suerte muy prudentes, las cuales habÃan sido interceptadas por la señorita Bcrard, ahora ya completamente de acuerdo con el doctor Du Poirier.