Rojo y blanco

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«Vamos a ver, joven insensato, qué le sucederá a lo que tú amas tanto. Razona sobre el futuro, ve repitiendo las ideas que encuentras ya hechas en tu Carrel, yo soy el dueño de tu presente y voy a hacértelo sentir, yo, viejo, arrugado, mal vestido y hombre, según tú, de malas maneras, voy a infringirte el dolor más cruel, a ti, apuesto, joven, rico y dotado por la naturaleza de modales tan nobles y tan absolutamente diferentes de los míos. He pasado los treinta primeros años de mi vida muriéndome de frío en un quinto piso, frente a un esqueleto, mientras que tú, en cambio, no has tenido más trabajo que el de nacer y ahora pretendes en secreto que cuando tu gobierno razonable sea restablecido, no castigará más que con el desprecio a los hombres fuertes intelectualmente como yo. Esto será para tu partido una verdadera estupidez; mientras esperamos el momento, es necio en ti no adivinar que voy a hacerte daño, y mucho. ¡Sufre pues, joven muñeco!».

Y el doctor se puso a hablar con Leuwen sobre la enfermedad de la señora de Chasteller, empleando los términos más inquietantes. Si veía aparecer una sonrisa en los labios de Leuwen, le decía:

—Vea usted, en esta iglesia se halla el panteón de la familia de los Pontlevé. Confío —añadía con un suspiro— que no tenga que ser abierto pronto.


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