Rojo y blanco
Rojo y blanco Esperaba desde hacía varios días que Leuwen, loco como lo son todos los enamorados, intentase ver en secreto a la señora de Chasteller.
Después de la conferencia sostenida con los jóvenes del partido en casa del señor de Sanréal, Du Poirier, que despreciaba bastante la vulgar mala intención y finalidad de la señorita Bérard, se había acercado a ella. Procuró hacerle desempeñar un papel dentro de la familia a la cual servía; fue a ella con preferencia y no al señor de Pontlevé o al señor de Blancet, ni a ningún otro de sus parientes a quienes manifestó más claramente el pretendido peligro que corría la vida de la señera de Chasteller.
Existía una gran dificultad en el proyecto que poco a poco se iba desarrollando dentro del cerebro del señor Du Poirier: la continua presencia de la señorita Beaulieu, doncella de la señora de Chasteller, que adoraba a su dueña.
El doctor sé la hizo suya testimoniándole la mayor confianza, hablando en su presencia y en la de la señorita Bérard, de los cuidados necesarios a la enferma hasta la próxima visita suya.
Aquella excelente doncella, así como la escasamente buena señorita Bérard, creía que la señora de Chasteller estaba peligrosamente enferma.