Rojo y blanco

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El doctor confió a la doncella la suposición de que una pena del corazón aumentaba la enfermedad de su dueña. Le insinuó que encontraría natural que el señor Leuwen intentase ver una vez más a la señora de Chasteller.

—¡Oh, señor doctor!, hace quince días que el señor Leuwen me está atormentando para que le deje entrar aquí, aunque sólo sean cinco minutos. Pero ¿qué diría la gente? Me he negado de manera rotunda.

El doctor le contestó con una serie de frases preparadas de tal modo que la inteligencia de la doncella se hallase muy lejos de poderlas repetir, pero de hecho, dichas frases invitaban indirectamente a aquella buena muchacha a que permitiera la entrevista solicitada.

Finalmente sucedió que una tarde, el señor Pontlevé, por orden del doctor, fue a hacer su partida de whist en casa de la señora de Marcilly, partida que fue interrumpida por dos o tres derramamientos de lágrimas. Precisamente el señor vizconde de Blancet no había podido resistir la invitación a una cacería aprovechando el paso de las becadas. Leuwen vio en la ventana de la señorita Beaulieu la señal cuya esperanza daba todavía a su vida algún interés. Corrió a su casa, regresó vestido de paisano, y finalmente, anunciado con infinitas precauciones por la doncella, que no se apartó de las cercanías de la cama, pudo pasar diez minutos con la señora de Chasteller.


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