Rojo y blanco

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—Bien, muy bien, buena y animosa muchacha. Pero si encuentras alguna joven nodriza, no le hagas hacer las cinco leguas de una tirada. No lleguéis hasta mañana por la mañana: la leche caliente podría ser un veneno para tu pobre ama.

—¿Cree usted, señor doctor, que ver una vez más al señor Leuwen puede perjudicar a la señora? En cierto modo acaba de ordenarme que le haga entrar a su presencia esta tarde. ¡Le tiene tanto afecto!…

El doctor apenas podía creer en la suerte que se le presentaba.

—Nada más natural, Beaulieu. (Insistía siempre en la palabra natural). ¿Quién ve a sustituirte?

—Ana María, una muchacha excelente y muy devota.

—Pues bien, dale las instrucciones pertinentes a Ana María. ¿Dónde se mete el señor Leuwen mientras espera el momento en que puedas anunciarle?

—En el altillo donde antes dormía José, en la antecámara de la señora.

—El estado en que se encuentra actualmente tu dueña, no permite que sufra dos emociones a la vez. Si quieres creerme, lo que debes hacer es prohibir la entrada a todo el mundo, incluso al señor de Blancet.


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