Rojo y blanco
Rojo y blanco Este detalle y otros muchos quedaron establecidos entre el doctor y la señorita Beaulieu. Aquella buena muchacha partió de Nancy a las cinco, dejando encargada de sus funciones a Ana María. Desde hacía mucho tiempo, Ana María, a quien la señora de Chasteller no conservaba a su servicio más que por pura bondad y a la cual había estado a punto de despedir dos o tres veces, estaba completamente entregada a la señorita Bérard, y hacía el papel de espía contra la Beaulieu.
He aquí lo que sucedió:
A las ocho y media, en un momento en que la señorita Bérard hablaba con la anciana portera, Ana María hizo pasar a Leuwen al patio, y dos minutos después fue introducido en una pequeña habitación, cuyas paredes estaban recubiertas de madera pintada y que ocupaba la mitad de la antecámara de la señora de Chasteller. Desde allí, Leuwen veía perfectamente todo lo que sucedía en la habitación vecina y oía casi todo lo que se dijera en el apartamento entero.
De repente, oyó los vagidos de un niño recién nacido. Vio como entraba en la antecámara el doctor llevando un niño envuelto en unos trapos que le parecieron manchados de sangre.
—Tu pobre ama —dijo apresuradamente a Ana María— está por fin a salvo. El parto ha tenido lugar sin complicaciones. ¿Está fuera de casa el señor marqués?