Rojo y blanco

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—Sí, señor.

—Y esta maldita Beaulieu, ¿tampoco está?

—Se halla en camino hacia su pueblo.

El doctor. —Bajo un pretexto que le he dado la he mandado a buscar una nodriza, puesto que la encontrada en el arrabal no quiere serlo de un niño clandestino.

Ana María. —¿Y el señor de Blancet?

El doctor. —Lo extraño es que tu dueña no quiere ni verle.

—Lo comprendo perfectamente —dijo Ana María—. ¡Después de un regalo como éste!

—Después de todo, tal vez el niño no sea suyo.

—A fe mía, que estas grandes damas van mucho a la iglesia, pero en cambio se ve que tienen más de un amante.

—Me parece que oigo gemir a la señora de Chasteller, voy a entrar —dijo el doctor—. Haré venir a la señorita Bérard.

Ésta llegó. Detestaba a Leuwen, y en una conversación que duró un cuarto de hora, tuvo la habilidad, diciendo las mismas cosas que el doctor, de ser más malévola que éste. La señorita Bérard era de la opinión de que aquel muñeco, como ella le llamaba, era del señor de Blancet o del teniente coronel de húsares.

—O del señor de Goello —dijo con naturalidad Ana María.


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