Rojo y blanco
Rojo y blanco —Amigo mÃo —dijo el señor Leuwen padre—, el termómetro está subiendo demasiado, hazme el favor de pulsar el botón del ventilador número 2… allÃ, detrás de la chimenea… Muy bien. Pues, como decÃa, no deseo en modo alguno abusar de mi condición de padre para limitar tu libertad. Puedes hacer absolutamente lo que te parezca.
Leuwen, de pie, contra la chimenea, tenÃa el aspecto sombrÃo, agitado, trágico, en una palabra, el aspecto que debe adoptar el galán de una tragedia para demostrar la desventura de su amor. Buscaba, con esfuerzo penoso y visible, dejar de presentar aquel aire desventurado y adoptar la apariencia del más sincero respeto y amor filial, sentimientos éstos muy sinceros en su corazón. Pero el horror de su situación, después de la última velada en Nancy, habÃa reemplazado la cara bondadosa que le era habitual, por otra que recordaba la de un bandido cuando comparece delante de sus jueces.