Rojo y blanco
Rojo y blanco —No pretendo engañar a un hombre tan clarividente como tú; nunca lo he pretendido, puedes creerlo. Pero, en fin, debo empezar mi cuento por el principio. No es pues, por motivos razonables por lo que, si no tienes inconveniente, deseo dejar el servicio militar. Y no obstante, ésta es una decisión razonable. Sé manejar perfectamente una lanza y mandar a cincuenta hombres que también saben manejarla. Sé convivir con otros treinta y cinco camaradas, de los cuales, cinco o seis, proporcionan informes a la policÃa. Conozco, pues, el oficio. Si hubiera guerra, una guerra de verdad, en la cual el general en jefe no traicionase a su ejército, te pedirÃa permiso para tomar parte en una o dos campañas. Una guerra, en mi opinión, no puede durar más si el general en jefe se parece algo a Washington. Si solamente es un pillo hábil y valeroso como Soult, me retirarÃa por segunda vez.
—¡Ah, vaya, ésa es tu polÃtica! —continuó su padre con ironÃa—. ¡Diablo, se trata de la más alta virtud! ¡Pero la polÃtica es algo que va muy despacio! ¿Qué es lo que deseas para ti personalmente?
—Vivir en ParÃs o hacer viajes a tierras lejanas: a América o a China.