Rojo y blanco

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—Teniendo en cuenta mi edad y la de tu madre, lo mejor será que te quedes en París. Si yo fuera el mago Merlin, y si tú no tuvieras más que decir una sola palabra para solucionar el aspecto material de tu destino, ¿qué es lo que pedirías? ¿Querrías ser un empleado de mi oficina? ¿O empleado en el despacho particular de un ministro que dentro de poco dispondrá de una gran influencia en los destinos de Francia, en una palabra, del señor de Vaize? Mañana mismo puede ser ministro del Interior.

—¿El señor de Vaize? ¿Ese par de Francia que tantos conocimientos tiene sobre Administración? ¿Ese gran trabajador?

—El mismo —contestó el señor Leuwen riendo, admirándose de la alta virtud de las intenciones y de la estupidez de las percepciones.

—No me siento atraído por el dinero y, por lo tanto, no pienso en tu oficina —contestó Luciano—. Apenas tengo interés por el metal, jamás he sentido su ausencia. Esta terrible ausencia tal vez no será sentida por un igual siempre. Temería faltar por segunda vez a la perseverancia si mencionara la oficina.

—Pero ¿y si a mi fallecimiento quedas pobre?

—Después de lo que he gastado en Nancy, puedo considerarme rico; y además, la situación actual, ¿no va a durar mucho tiempo?

—Quizá no, porque no es lo mismo 65 que 24.


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