Rojo y blanco

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—¡El del pobre pueblo! —interrumpió a su vez el señor Leuwen con tono lastimero—. O de emplearlo de forma algo distinta a la que lo emplearía aquél —añadió con el mismo tono—. Pero es algo estúpido y sus diputados bastante tontos, aunque no muy desinteresados…

—¿Y qué es lo que deseas que yo sea? —preguntó Luciano con tono sencillo.

—Un pillo —continuó su padre—, quiero decir, un político, un Martignac, no iré hasta decir un Talleyrand. A tu edad, en tus periódicos, a esto se le llama ser un pillo. Dentro de diez años sabrás que Colbert, Sully, el cardenal de Richelieu, en una palabra, todo aquel que ha sido un verdadero político, es decir, un conductor de hombres, ha pasado, por lo menos, por este primer escalón de la pillería en el que te deseo ver. No hagas como el señor de N… quien, como secretario general de Policía, al cabo de quince días de ostentar el cargo presentó la dimisión porque consideraba todo aquello demasiado sucio. Verdad es que en aquellos tiempos se hacía fusilar a Frotte, por los mismos gendarmes encargados de trasladarle desde su casa a la cárcel, y que antes de salir del cuartel los gendarmes, sabían ya que durante el trayecto intentaría escapar, lo que les llevaría a la triste necesidad de abatirle con unos cuantos disparos.

—¡Caramba! —exclamó Luciano.


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