Rojo y blanco

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—Sí, el prefecto C…, el digno prefecto de Troyes, amigo mío, del que tú seguramente te acordarás, un hombre de seis pies y seis pulgadas, de cabellos grises, que venía a veces a Plancy.

—Sí, me acuerdo perfectamente de él. Mi madre le reservaba la habitación tapizada con damasco rojo, en el ángulo del castillo.

—El mismo. ¡Pues bien!, perdió su prefectura en alguna ciudad del Norte, en Caen, u otra, por no querer ser demasiado poco escrupuloso, y en ello, lo aprobé con todas mis fuerzas. Otro realizó el asunto de Frotté.

»¡Ah!, diablo, mi joven amigo, como dicen los padres de la nobleza, ¿te extraña lo que te digo?

—Por lo menos, debería estarlo, como dice generalmente el hijo noble. Yo creía que únicamente los jesuitas y la Restauración…

—No creas en nada, amigo mío, que no hayas visto, y adquirirás sabiduría. Actualmente, a causa de esta maldita libertad de prensa —dijo el señor Leuwen riendo—, ya no hay manera de tratar a la gente del modo como se trató a Frotté. Las más negras sombras del cuadro actual son proporcionadas, únicamente, por la pérdida de dinero o de un empleo…

—¡O por medio de algunos meses de prisión preventiva!


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