Rojo y blanco
Rojo y blanco Solamente una cosa le sacaba de la más profunda inacción y ponía en movimiento su espíritu: era recordar lo sucedido en Nancy. Se estremecía al encontrar en un mapa el nombre de dicha ciudad; su nombre le perseguía en todos los periódicos. Todos los regimientos que regresaban de Lunéville parecía que tuvieran que pasar necesariamente por allí. El nombre de Nancy le recordaba invariablemente esta idea:
«No pudo decidirse a decirme: “Tengo un gran secreto que no puedo confiarte… Pero aparte de esto, te amo sólo a ti”. En efecto, frecuentemente la veía triste, y dicho estado me parecía extraordinario, inexplicable… ¿Y si fuera a Nancy a lanzarme a sus pies?… Pedirle perdón por haberme engañado con otro», añadía la voz de Mefistófeles burlándose de él.
Al salir del despacho de su padre, aquel orden de ideas parecía haberse aferrado en el corazón de Luciano con más encarnizamiento que nunca.
«Es necesario que antes de mañana por la mañana —se decía con terror—, tome una decisión que tenga fe en mí mismo… ¿Existe en el mundo un ser cuyo juicio estime en tan poco como yo mismo?».
Se sentía extraordinariamente desgraciado; el fondo de todos sus razonamientos era esta locura: