Rojo y blanco
Rojo y blanco «¿Para qué elegir una tercera situación? Ya que no be sabido gustar a la señora de Chasteller, ¿qué es lo que podré saber en adelante? Cuando se posee un alma como la mía, a la vez débil e imposible de contentar, debe uno encerrarse en un convento de la Trapa».
Lo curioso era que todas las amigas de la señora Leuwen alababan la excelente disposición de ánimo adquirida por su hijo. «Ahora es un hombre prudente —decían por todas partes—, un hombre hecho para satisfacer la ambición de cualquier madre».
En su insatisfacción por la humanidad, Luciano no se preocupaba por dejar adivinar sus pensamientos a la persona con quien hablaba; no contestaba más que por medio de frases hechas y lugares comunes.
Atormentado por la precisión de tener que dar aquella misma noche una contestación definitiva, fue a cenar solo, ya que en su casa hubiera tenido que mostrarse amable, o hubieran llovido sobre él una serie de epigrama^ de los cuales, por otra parte, no se libraba nadie.