Rojo y blanco
Rojo y blanco Después de cenar, erró por el bulevar y seguidamente por las calles. En el bulevar temía encontrarse con amigos, y cada minuto era precioso para él y podía traerle una idea para la respuesta. Al pasar por la calle de Beáuvau entró, maquinalmente, en un gabinete de lectura mal iluminado y en el que esperaba encontrar muy poca gente. Un criado devolvía un libro a la señorita de la oficina; le pareció que ésta tenía un aspecto verdaderamente encantador y lleno de gracia (Luciano llegaba de provincias).
Abrió el libro al azar; se trataba de una aburrida obra moralista que su autor había dividido en retratos separados, como Vauvenargues: Edgar, o el parisién de veinte años.