Rojo y blanco
Rojo y blanco «¿Qué es un joven que no conoce a los hombres? ¿Que únicamente ha convivido con personas educadas, con subordinados o con gentes cuyos intereses no eran contrapuestos a los suyos? Edgar no tiene otra garantía para su mérito que las magníficas promesas que se ha hecho a sí mismo. Edgar ha recibido la más depurada educación, monta bien a caballo, conduce con habilidad su cabriolé, tiene, para decirle de forma más clara, toda la instrucción de Lagrange y las virtudes de Lafayette. Pero ¡qué importa! No ha sentido el efecto de los demás en sí mismo, no está seguro de nada, ni sobre los demás ni, con más razón, sobre sí. Todo lo más puede considerársele como un brillante puede ser. ¿Qué es lo que sabe en realidad? Montar a caballo, porque éste no está bastante bien domado y lo tira por tierra al menor falso movimiento. Cuanto más educado es el círculo de amistades que le rodea, menos se parece a su caballo, menos vale. Que deje pasar estos rápidos años que van desde los dieciocho hasta los treinta sin verse enzarzado con la necesidad, como decía Montaigne, y dejará de ser un puede ser; la opinión lo deposita en el mismo grupo de las personas vulgares, cesa de prestarle atención y no ve en él más que a un ser vulgar, como todo el mundo, importante únicamente por el número de billetes de mil francos que sus colonos depositan en su despacho.