Rojo y blanco

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»Yo, filósofo, desprecio este despacho cargado de billetes y me fijo en el hombre que los cuenta. No veo en él más que a un ser joven, aburrido, que se ve obligado a veces, por su inepcia, a mostrarse exagerado en favor de un partido, exagerado por la ópera Bufa y por Rossini, exagerado por el justo medio, alegrándose por el número de muertos alineados sobre el muelle de Lyon, exagerado en favor de Enrique V, repitiendo continuamente que Nicolás va a prestarle doscientos mil hombres y cuatro millones. ¡Qué importa! ¿Qué importa al mundo? ¡Edgar se ha limitado a portarse como un imbécil!

»Si va a misa, si proscribe de su alrededor toda conversación alegre, las bromas sobre cualquier cosa, si da limosnas y la gente lo sabe, los charlatanes de toda especie, tanto los del Instituto como los del Arzobispado, proclamarán a los cuatro vientos que es poseedor de todas las virtudes; en consecuencia, posiblemente le nombrarán uno de los doce alcaldes de París. Terminará por fundar un hospital. Requiescat in pace. Colás vivía, Colás murió».

Luciano leyó y releyó por lo menos tres veces cada una de las frases de aquel libro; examinaba su sentido y su alcance. Su sombrío ensimismamiento hizo levantar la nariz a los lectores del Journal du Soir; se dio cuenta de ello, pagó con mal humor y salió a la calle. Empezó a pasearse por la plaza de Beauvau, delante del gabinete literario.


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