Rojo y blanco
Rojo y blanco Súbitamente exclamó:
—Seré un pillo.
Pasó todavía un buen cuarto de hora examinando su valor; después llamó, subió a un coche de alquiler y se hizo conducir a la ópera.
—Te estaba buscando —le dijo su padre, a quien encontró paseando por el vestíbulo.
Subieron rápidamente al palco del señor Leuwen, donde encontraron a tres señoritas y a Raimunda vestida de sílfide.
—They can not understand. (No comprenden ni una palabra de lo que hablemos, de modo que no nos preocupemos por ellas).
—Señores —dijo la señorita Raimunda—, leemos en vuestros ojos cosas excesivamente serias para nosotras; nos vamos al escenario. Sean ustedes muy felices, si pueden, sin nuestra compañía.
—Y qué, ¿consideras que tienes el alma lo bastante descarriada para poder entrar en la carrera de los honores?