Rojo y blanco
Rojo y blanco —Seré sincero contigo, padre. Tu extraordinaria indulgencia me impresiona y aumenta mi agradecimiento hacia ti, lo mismo que mi respeto. A causa de una serie de desgracias que no puedo explicar, ni aún a mi padre, me encuentro descontento de mà mismo y de la vida en general. ¿Cómo escoger una carrera u otra? Todo me es igualmente indiferente y casi dirÃa que odioso. La única situación que quizá serÃa apropiada para mà serÃa la de un agonizante en el hospital, o tal vez la de un salvaje que se ve obligado a cazar y pescar para proporcionarse su diaria subsistencia. Todo esto no es bueno ni honroso para un hombre de veinticuatro años, de modo que nadie en el mundo sabrá lo que guarda mi corazón…
—¡Cómo! ¿Tampoco tu madre?
—Sus frases de consuelo aumentarÃan mi martirio; ella sufrirÃa enormemente al verme en este desdichado estado…
(El egoÃsmo del señor Leuwen sintió una alegrÃa que le acercó espiritualmente a su hijo. «Tiene —se dijo—, secretos para su madre que para mà no lo son»).
—Si recobro la sensibilidad por las cosas exteriores, —continuó Luciano—, puede suceder el dÃa de mañana que me desagraden las exigencias del estado que haya elegido. Tal vez lo que debiera escoger serÃa un puesto en tu oficina que, en caso de necesidad, podrÃa dejar sin escandalizar a nadie.