Rojo y blanco

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—Debo decirte un dato importante: puedes ser mucho más útil a mis intereses como secretario del ministro del Interior que como jefe de correspondencia de mi oficina. Tus cualidades de hombre de mundo serían completamente inútiles en mi oficina.

Luciano fue hábil por primera vez desde sus cuernos (era la expresión que empleaba con amarga ironía, ya que para torturar más intensamente su alma, se consideraba como un marido burlado, y se aplicaba la cantidad de ridículo y antipatía con que el teatro y el mundo vulgar enlodan esta situación. ¡Como si esta situación tuviera alguna base!).

Leuwen se inclinaba por la colocación en el Ministerio, principalmente, por curiosidad; conocía la oficina, y en cambio no tenía ni la más mínima idea del interior de un ministro. Se alegraba de tener la posibilidad de intimar con el señor conde de Vaize, infatigable trabajador y el primer administrador de Francia, según decían los periódicos, un hombre al que se comparaba con el conde Daru del emperador.

En cuanto su padre terminó de hablar, Luciano dijo con falsa ingenuidad, que podía ser esperanzadora para el futuro:


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