Rojo y blanco
Rojo y blanco —Esto me decide. Inicialmente, me inclinaba por la oficina, pero ahora me decido por el ministerio, bajo la condición de que yo no quiero tener participación alguna en actos como el asesinato del mariscal Ney, o el del colonel Caron, o de Frotté, etc. Me comprometo únicamente a ser cómplice de truhanerÃas por cuestiones de dinero; y, finalmente, estando poco seguro de mà mismo, me comprometo tan sólo por un año.
—Es poco tiempo para la gente. Dirán: «No puede sostenerse en su empleo más que seis meses». Quizás en los principios no te halles muy a gusto y, en cambio, al cabo de seis meses sientas un poco más de indulgencia por las debilidades y bribonerÃas de los hombres. ¿PodrÃas, por consideración hacia mÃ, sacrificarte seis meses más y comprometerte a no dejar los despachos de la calle Grenelle antes de dieciocho meses?
—Te doy mi palabra de resistir dieciocho meses, siempre que no me vea envuelto en ninguna especie de asesinato, como por ejemplo, si el ministro invita a cuatro o cinco oficiales a batirse en duelo, sucesivamente, con algún diputado demasiado elocuente.
—¡Oh, amigo mÃo! —exclamó el señor Leuwen, riendo—, ¿De dónde sales? ¡Vamos, no habrá duelos de esta clase, y menos por el motivo que indicas!
—Esto constituirÃa —prosiguió su hijo con toda seriedad—, una causa resolutoria de mi compromiso. Inmediatamente me marcharÃa a Inglaterra.