Rojo y blanco
Rojo y blanco »Pero mi comportamiento hacia ella, ¿serÃa el mismo? Más pronto o más, tarde sabrÃa la verdad; no podrÃa dejar de decÃrsela si ella me pedÃa que lo hiciera, y entonces, como me ha sucedido ya en otras ocasiones, la ausencia de vanidad me harÃa ser despreciado como hombre sin sentimientos. ¿Me sentirÃa yo tranquilo con la sensación de que si se me conociera se me despreciarÃa, y, sobre todo, cuando no podrÃa confiárselo a ella?».
Aquella importante cuestión agitaba el corazón de Leuwen, mientras su mirada se detenÃa, con una especie de atención maquinal, en cada una de las mujeres que llenaban los palcos. Reconoció a varias, y le parecieron comedà antas ambulantes.