Rojo y blanco
Rojo y blanco «Pero, ¡gran Dios!, me estoy volviendo literalmente loco —se dijo cuando sus prismáticos llegaron al final de la fila de palcos—. He aplicado exactamente el mismo calificativo de cómicas ambulantes, a las mujeres que llenaban los salones de las señoras de Puylaurens y d’Hoquincourt. Un hombre, oprimido por una fiebre peligrosa, puede encontrar amargo el sabor del agua azucarada; lo esencial es que nadie se dé cuenta de mi locura. No debo decir otras cosas que frases vulgares, y nada que se aparte de la opinión general del lugar en que me halle. Por la mañana, gran asiduidad en el despacho, si es que lo tengo, o realizar largos paseos a caballo; por la tarde, afectar un gran interés por los espectáculos, muy natural después de ocho meses de destierro en una provincia. En los salones, cuando no pueda evitar de ningún modo aparecer en ellos, afectar unas ganas desmesuradas por jugar al écarté».
Las reflexiones de Luciano fueron interrumpidas por una repentina oscuridad; es que estaban apagando las lámparas de gas de toda la sala.
«Vaya —se dijo con amarga sonrisa—, me interesa tanto el espectáculo, que soy el último en irme».