Rojo y blanco

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CAPÍTULO XL

Las sospechas de la señora de Chasteller le proporcionaron una objeción decisiva a la proposición de acompañar a la señora de Constantin a París, si el marido de ésta era nombrado diputado.

—¿No parecerá —le dijo—, que corro detrás de él?

Durante los quince días siguientes aquella objeción ocupó por completo los momentos más íntimos de la conversación de las dos amigas.

Tres días después de la llegada de la señora de Constantin, la señorita Bérard fue indemnizada espléndidamente y despedida. La señora de Constantin, con la actividad que le era propia, interrogó a la señorita Beaulieu y despidió a Ana María.

El señor marqués de Pontlevé, extremadamente atento a todos aquellos pequeños acontecimientos domésticos, comprendió que la amiga de su hija constituía para él una rival invencible.

Era lo que esperaba la señora de Constantin: su continua actividad devolvió la salud a la señora de Chasteller. Mostró deseos de aparecer en sociedad, y bajo aquel pretexto, obligó a su amiga a ir casi cada noche a casa de las señoras de Puylaurens, d’Hoquincourt, de Marcilly, de Serpierre, de Commercy, etc.

La señora de Constantin quería dejar bien sentado que su amiga no estaba en modo alguno desesperada por la marcha del señor Leuwen.


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