Rojo y blanco
Rojo y blanco —Lo dudo mucho. SerÃa necesario encontrar antes el secreto para no morirse de tedio escuchándole.
Los dÃas de profunda melancolÃa, en los cuales la señora de Chasteller sentÃa una invencible repugnancia por salir de casa, la señora de Constantin le decÃa:
—Es preciso que vaya de caza a fin de conseguir votos para mi marido. En el vasto campo de la intriga no se debe olvidar nada. Cuatro votos, tres votos, del distrito de Nancy, pueden decidirlo todo. Piensa que me estoy muriendo de ganas por escuchar a Rubini, y que mientras viva el avaro de mi suegro, sólo tengo una manera de poder regresar a ParÃs: el acta de diputado para mi marido.
En pocos dÃas, la señora de Constantin adivinó, bajo su grosera corteza, la superior inteligencia del doctor Du Poirier, y buscó francamente su amistad. Aquel oso no habÃa visto nunca una sola mujer hermosa y no enferma, dirigirle dos veces seguidas la palabra. En provincias, los médicos todavÃa no han suplantado a los confesores.