Rojo y blanco

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—Será usted nuestro colega, querido doctor —le decía ella—; votaremos juntos, nombraremos y destituiremos ministros… Mi dinero tiene el mismo valor que el suyo, y usted me concederá su voto, ¿no es así? Doce votos unidos tendrán su importancia… Pero me olvidaba: es usted legitimista furibundo, y nosotros antirrepublicanos moderados…

Al cabo de pocos días, la señora de Constantin hizo un descubrimiento muy útil: la señora d’Hoquincourt estaba desesperada por la partida del señor Leuwen. El enfurruñado silencio de aquella mujer tan alegre y habladora, que había sido el alma de la buena sociedad, salvó a la señora de Chasteller; a nadie se le ocurrió comentar que ella también había perdido su interés. La señora d’Hoquincourt no abría la boca más que para hablar de París y de sus proyectos de viaje en cuanto hubieran tenido lugar las elecciones…

Un día, la señora de Serpierre dijo con malignidad a la d’Hoquincourt, que estaba hablando de París:

—Allí podrá usted encontrar nuevamente al señor d’Antin.

La señora d’Hoquincourt la miró con profundo estupor, lo que divirtió a la de Constantin: ¡la señora d’Hoquincourt había olvidado incluso la existencia del señor d’Antin!


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