Rojo y blanco

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La señora de Constantin no encontró nada que considerara realmente peligroso para su amiga, más que en el salón de la señora de Serpierre.

—Pero —decía la señora de Constantin a su amiga—, ¿cómo es posible se tenga la pretensión de casar a una hija de forma tan cruel, a una muchacha tan ridículamente fea, con un hombre joven y rico de París, y sin que el tal joven haya insinuado nunca la menor intención en este sentido? Verdaderamente es una locura. Serían necesarios muchos millones para que un parisién se atreviera a entrar en un salón, al lado de una cara semejante.

—El señor Leuwen no es de esa clase, tú no le conoces. Si la amase, todas las críticas de la sociedad serian despreciadas por él, o mejor aún, ni se daría cuenta de ellas.

Y le describió, durante cinco minutos, la manera de ser de Luciano. Todas aquellas explicaciones tenían la virtud de dejar a la señora de Constantin muy pensativa.




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