Rojo y blanco

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Pero en cuanto ésta tuvo ocasión de hablar cinco o seis veces con la señorita Theodelinde, se sintió impresionada por la tierna amistad que sentía hada Leuwen. No se trataba de amor, pues la pobre muchacha no se atrevía a tanto; conocía y exageraba quizá todas las desventajas de su talla y de su rostro. Era su madre la que abrigaba pretensiones, fundándolas en lo que su alta nobleza lorenasa podía honrar a un pequeño menestral.

—¿Para qué sirve en París todo este brillo? —le decía un día Théodelinde.

También el anciano señor de Serpierre gustó mucho a la señora de Constantin: poseía aquél un corazón admirable de bondad, y pasaba el tiempo sosteniendo doctrinas atroces.

—Todo esto me recuerda —decía la señora de Constantin a su amiga—, lo que tanto se nos hacía admirar en el Sagrado Corazón: al buen duque de N…, que mandaba enganchar su carroza a las siete de la mañana del mes de febrero, para pedir el puño cortado. Se discutía entonces la ley sobre el sacrilegio en la Cámara de los pares, y se trataba de establecer aquella pena para los ladrones de cálices sagrados de las iglesias.


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