Rojo y blanco

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La señora de Constantin, con su cara alegre, un poco vulgar, pero muy agradable de contemplar, con su actividad, su perfecta educación y su insinuante habilidad, hubiese conseguido pronto hacer la paz entre su amiga y la casa Serpierre. La última vez que se trató de aquella delicada cuestión, la señora de Serpierre dijo con aspecto testarudo:

—Me reservo mi opinión.

—Sea en buena hora, mi querida amiga —dijo el excelente teniente del rey de Colmar—; pero no hablemos más de esto, de lo contrario, los mal intencionados dirán que vamos a la caza de maridos para nuestras hijas.

Hacía por lo menos seis años que el bueno del señor de Serpierre no había pronunciado una frase tan dura. Aquello hizo época en su familia, y la reputación de Leuwen, considerado hasta entonces como un seductor de mala fe de la señorita Théodelinde, quedó restablecida.

Todos los días, al huir de la desdicha de ser buscadas por los electores a los cuales habría que dispensar una amable acogida, las dos amigas realizaban largos paseos hasta el «Cazador Verde». La señora de Chasteller gustaba de volver a encontrarse en aquel encantador café-hauss. Fue allí donde quedó paralizado el ultimátum sobre el viaje a París.


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