Rojo y blanco
Rojo y blanco —Tu misma conciencia, tan timorata, no podrá aplicarte esta frase tan humillante y vulgar de correr detrás de un enamorado, si te juras a ti misma no hablarle más.
—¡Pues bien! ¡Sea! —exclamó la señora de Chasteller captando aquella idea—. Bajo esta condición consiento en ello, y mis escrúpulos se desvanecen. Si me encuentro con él en el bosque de Boulogne, si se acerca a mà y me habla, no le contestaré ni una sola palabra antes de haber visto nuevamente el «Cazador Verde».
La señora de Constantin la contempló extrañada.
—Si deseara hablarle —continuó la señora de Chasteller—, partirÃa hacia Nancy, y no serÃa antes de encontrarme aquà cuando me permitirÃa contestarle.
Se produjo un silencio.
—Esto constituye una promesa —continuó la señora de Chasteller con una seriedad que hizo sonreÃr a su amiga sumiéndola después en un humor sombrÃo.
Al dÃa siguiente, al dirigirse hacia el «Cazador Verde», la señora de Constantin observó que dentro del coche habÃa un cuadro. Se trataba de una hermosa Santa Cecilia, grabada por Perfetti, que tiempo atrás le habÃa regalado Leuwen a la señora de Chasteller. Ésta rogó al dueño del café que colocara aquel grabado encima de su despacho.