Rojo y blanco

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—Quizás algún día le pediré que me lo devuelva. Nunca —añadió en voz baja mientras se alejaba con la señora de Constantin—, tendré la debilidad de dirigir ni una sola palabra al señor Leuwen mientras ese grabado se halle aquí. Fue en este lugar donde empezó mi fatal preocupación.

—¡Alto ahí con esta palabra fatal! Gracias al Cielo, el amor no es en absoluto ningún deber, sino un placer; no tomemos el asunto por lo trágico. Cuando tu edad unida a la mía sume cincuenta años, entonces podremos estar tristes, ser razonables y lúgubres tanto como queramos; nos podremos hacer este bello razonamiento de mi padre: «¿Llueve? ¡Tanto peor! ¿Hace sol? ¡Peor todavía!». Te aburrirás hasta morir desatando tu ira contra París sin estar encolerizada. Llega un apuesto joven…

—Pero él no es…

—Pues llega un joven sin calificativo; le amas, te preocupas, el aburrimiento desaparece, ¡y tú llamas a este amor fatal!

Decidida la marcha, se produjeron violentas escenas sobre este tema con el señor de Pontlevé. Afortunadamente, la señora de Constantin sostuvo la parte más pesada del diálogo, y el marqués tenía un miedo mortal a su alegría a veces irónica.


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