Rojo y blanco
Rojo y blanco —Esta mujer lo dice todo, no es difÃcil mostrarse agradable con ella desde el momento en que nunca niega nada —repetÃa un dÃa algo amoscado a la señora de Puylaurens—. No es difÃcil ser inteligente cuando se lo permite todo.
—Pues bien, mi querido marqués, invite usted a la señora de Serpierre que está por allÃ, a que no rechace nada de lo que se le diga, y vamos a divertirnos.
—Frases perpetuamente irónicas —replicó el marqués de mal humor—, ¡Nada es considerado sagrado para semejante mujer!
—Jamás hubo en el mundo otra mujer más inteligente que la señora de Constantin —dijo el señor de Sanréal tomando la palabra con aire imponente—, y si ella se burla de ciertas pretensiones ridÃculas, ¿de quién es la culpa?
—¡Ciertas pretensiones! —replicó la señora de Puylaurens, curiosa al ver a aquellos dos caballeros enzarzarse en una discusión.
—Sà —añadió el señor de Sanréal con aspecto pesado—, de ciertas pretensiones, de ciertas tiranÃas.
Feliz por haber tenido una idea, más feliz todavÃa al verse aprobado por la señora de Puylaurens, lo que tal vez nunca habÃa sucedido antes, el señor de Sanréal siguió hablando durante una larga media hora, y revolvió su pobre idea en todos los sentidos posibles.