Rojo y blanco
Rojo y blanco —Nada hay más divertido, señora —dijo la de Constantin a la señora de Puylaurens en voz baja—, que un hombre sin inteligencia que encuentra una idea. ¡Es algo escandaloso!
Y la risa loca de aquellas dos damas fue considerada por el señor de Sanréal como una muestra de aprobación.
—Este agradable personaje —se dijo—, debe adorarme. La señora de Constantin tenÃa razón.
Aceptó dos o tres magnÃficas cenas que reunieron toda la mejor sociedad de Nancy. Cuando el señor de Sanréal hacÃa la corte a la señora de Constantin, no encontraba nada que decirle, y ésta le pedÃa por centésima vez su voto en el colegio electoral. Ella temÃa alguna absurda protesta; él le juraba su entera devoción, asà como la de su agente de negocios, su notario y sus colonos.
—Y además, señora, iré a verla a usted a ParÃs.
—En ParÃs sólo podré recibirle una vez por semana —decÃa mirando a la señora de Puylaurens—. Aquà nos conocemos todos, pero allà podrÃa usted comprometerme. ¡Un hombre joven, con su fortuna, sus caballos y su posición en la sociedad! Una vez por semana y es mucho; tal vez, únicamente dos veces al mes, cuanto más.