Rojo y blanco
Rojo y blanco Jamás Sanréal se había encontrado en situación semejante. Con mucho gusto habría hecho levantar acta, bajo notario, de las frases amables que le dirigía la señora de Constantin, una mujer hermosa y agradable. Le daba estos títulos por lo menos veinte veces al día, y lo hacía con voz estentórea, lo que producía un gran efecto y obligaba creer en lo que decía.
A causa de aquellos bellos ojos, tuvo una disputa con el señor de Pontlevé, al cual declaró, lisa y llanamente, que quería presentarse en el colegio electoral, excepto prestar juramento a Luis-Felipe.
—¿Quién cree hoy en Francia en el juramento? ¿Es que Luis-Felipe cree en los suyos? Si tres bandoleros me asaltan en un rincón del bosque y me exigen que preste un juramento, ¿puedo negarme a ello? El gobierno representa ahora el mismo papel de dichos bandidos al robarme el derecho de elegir a un diputado de entre todos los franceses. El gobierno tiene sus prefectos y sus gendarmes. ¿Puedo combatir contra ellos? ¡No, a fe mía! Le pagaría yo con la misma moneda que paga él a los partidarios de las gloriosas Jornadas.