Rojo y blanco
Rojo y blanco —Mañana, a las ocho de la mañana —le dijo a su hijo—, si no tienes nada mejor que hacer, te presentaré a tu ministro.
Al dÃa siguiente, a las ocho menos cinco minutos, Luciano se hallaba en la pequeña antecámara de la habitación de su padre.
Dieron las ocho, y después las ocho y cuarto.
—Por nada del mundo, señor —le dijo Anselmo, el anciano ayuda de cámara—, entraré en la habitación del señor antes de que él me llame.
Finalmente, a las diez y media, se oyó la campanilla.
—Siento mucho haberte hecho esperar, amigo mÃo —dijo el señor Leuwen con bondad.
—A mà no me importa esperar, pero ¿y el señor ministro?
—El ministro, si es preciso, puede esperar. Él tiene más necesidad de mÃ, que yo de él; le es necesaria mi Banca y siente miedo de mi salón. Pero proporcionarte a ti dos horas de espera, hijo mÃo, a un hombre al que quiero y estimo —añadió riendo—, es algo muy diferente. He oÃdo perfectamente dar las ocho, pero sentÃa un poco de sudor y he preferido esperar a que se me pasara. A los sesenta y cinco años la vida es un problema…, y no hay que empeorar la cosa con dificultades imaginarias.