Rojo y blanco

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—Tengo el honor de presentar a mi hijo a Su Excelencia.

—Quiero que sea un amigo, será mi primer ayuda de campo. Tendremos mucho trabajo; es preciso que meta en mi cabeza el carácter de mis noventa y seis prefectos, estimular a los flemáticos, retener el celo imprudente que proporciona un valioso auxiliar a los intereses del partido contrario, iluminar los espíritus más lerdos. Este pobre N… (su predecesor) lo ha dejado todo en el más completo desorden. Los empleados que ha metido en el ministerio, en lugar de contestarme dándome realidades y nociones exactas, se limitan a hacer frases.

»Aquí estoy, ante la mesa de despacho del pobre Corbière. ¿Quién podía decirme a mí, cuando combatía en la Cámara de los pares su vocecilla de gato escaldado, que un día me sentaría en su mismo sillón? Es una inteligencia limitada, corto de visión, pero no estaba carente de buen sentido en las cosas que veía. Poseía sagacidad, pero era el antípoda de la elocuencia, además de que su cara de gato enfurecido producía en el más indiferente deseo de contradecirle. El señor de Villéle hubiera hecho mucho mejor uniéndose a un hombre más elocuente, a Martignac, por ejemplo.


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