Rojo y blanco

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—Me encuentra usted ocupado en mi circular, mi querido Leuwen. Es preciso que distribuya una circular, que sin duda será atacada por el National, por la Gazette, etc., y mis empleados hace dos horas que me están haciendo esperar para entregarme la colección de circulares de mis antecesores. Siento curiosidad por saber cómo las han redactado ellos. Me contraría no tenerla ya hecha, pues un hombre inteligente como usted podría indicarme las frases que no fueran muy convenientes.

Su Excelencia continuó, con el mismo tono, por espacio de veinte minutos. Durante aquel tiempo, Luciano le estuvo observando. El señor de Vaize aparentaba unos cincuenta años, era alto y bien constituido. Sus cabellos empezaban a encanecer, tenía facciones regulares y una cabeza que llevaba levantada prevenía en su favor. Pero aquella impresión no duraba. A la segunda mirada, se podía observar una frente estrecha y cubierta de arrugas que excluía toda idea de pensamiento. Luciano se extrañó y sintióse molesto al encontrar en aquel gran administrador el porte más vulgar, el aspecto de un ayuda de cámara. Tenía unos brazos muy largos, con los que no sabía qué hacer; y lo peor es que Luciano creyó adivinar que Su Excelencia intentaba darse aires imponentes. Hablaba en voz muy alta y se escuchaba al hablar.

El señor Leuwen, casi interrumpiendo la elocuencia del ministro, halló el momento de pronunciar las palabras sacramentales;


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