Rojo y blanco
Rojo y blanco Finalmente, Su Excelencia instaló a nuestro héroe en un magnífico despacho, a veinte pasos del suyo. Luciano quedó agradablemente sorprendido por la visión de un encantador jardín sobre el cual daban las ventanas de su gabinete; constituía un fuerte contraste con la aridez de las sensaciones que le asaltaban. Se puso a contemplar los árboles con verdadera ternura.
Al sentarse, observó que había polvo en el respaldo de su sillón.
«Mi predecesor no debió sentarse mucho aquí», pensó riendo.
Poco después, viendo la escritura cuidada, de grandes caracteres y bien caligrafiada de su predecesor, tuvo la sensación de antigualla llevada al último extremo.
«Me parece que este despacho huele a elocuencia vacía y a énfasis adocenado».
Descolgó dos o tres grabados de la escuela francesa: Ulises deteniendo el carro de Penelope, de Fragonard y Le Barbier… y mandó que se los llevaran. Más tarde, los reemplazó por grabados de Anderloni y de Morghen.
Al cabo de una hora regresó el ministro y le entregó una lista de veinticinco personas a las que se debía invitar para el día siguiente.