Rojo y blanco

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El ministro aprovechó aquel diálogo para bromear con Luciano, quizás un poco rudamente, sobre el error que le había llevado a invitar a Lacroix, pintor de temas históricos. Luciano, espabilado, contestó a Su Excelencia con el tono de la más perfecta igualdad, lo que extrañó un poco al ministro. El joven se dio cuenta de ello y continuó hablando con una tranquilidad que le divirtió y sorprendió.

Gustaba de la compañía de la señora de Vaize, hermosa, muy tímida, bondadosa, y que mientras hablaban, se olvidaba de que tanto ella como él eran jóvenes. Aquello servía a las mil maravillas a los propósitos de nuestro héroe.

«Héteme aquí —se decía— hablando en tono de amistad con dos personas de las que hace ocho días ni tan siquiera conocía su cara, y divirtiéndome, sobre todo cuando uno me ataca y la otra me interesa».

Puso mucha atención en su trabajo; le pareció que el ministro quería sacar partido de su error en el nombre del invitado a comer, para poderle atribuir aquella amable ligereza, propia de la juventud.



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