Rojo y blanco

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—Debe ser por esto, por lo que tenía aquel aspecto tan fastidiado y tan fastidioso —dijo la pequeña condesa con su voz dulce y tímida—. No se le hubiera podido reconocer; observaba su delgada cara espiritual por encima de los ramos de flores y no podía adivinar qué era lo que le estaba sucediendo. Maldecirá de vuestra comida.

—En la comida de un ministro no se maldice nunca —dijo el conde de Vaize, medio en serio.

«He aquí la garra del león», pensó Luciano.

La señora de Vaize, muy sensible a aquellos chascos, había adoptado un aire triste.

«Este pequeño Leuwen, pensaba, va a hacerme quedar mal en casa de su padre».

—Quiere pintar cuadros —continuó con aire alegre— y, pardiez, que por recomendación suya le proporcionaré varios encargos. Observo que de una forma u otra, encuentra la manera de venir aquí dos o tres veces por semana.

—¿Es verdad lo que dice? ¿Me promete usted cuadros para él, sin que haya necesidad de irlos a pedir?

—Le doy mi palabra.

—En este caso, he conseguido un amigo para la casa.

—Así, señora, habrá en ella dos hombres inteligentes: el señor Lacroix y el señor Leuwen.


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