Rojo y blanco

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—Le encargo a usted que conceda día y hora a toda esta multitud de personas que afluyen al despacho de un ministro recién nombrado. Despida a los intrigantes de París más o menos relacionados con mujeres de dudosa virtud; esos tipos son capaces de todo, incluso de lo peor. Reciba al pobre diablo provinciano entestado en alguna idea loca. El que viene a solicitar algo con un traje elegante, pero gastado, es un bribón; vive en París, y por poco que valiera le encontraría en cualquier salón, o al menos tendría alguien que le presentara y al mismo tiempo respondiera de él.

Pocos días más tarde, Luciano invitó a comer a un pintor bastante inteligente, Lacroix, del mismo apellido del prefecto destituido por el señor de Polignac, y precisamente aquel día el ministro no recibía más que a prefectos.

Por la noche, cuando el señor Vaize se encontró solo en su salón con su esposa y con Leuwen, se rió mucho de la cara atenta de los prefectos mientras comían, los cuales, viendo en el primer pintor a un candidato a reemplazarles, le observaban con mirada celosa.

— Y para intensificar el quid pro quo —decía el ministro—, he dirigido por lo menos diez veces la palabra al señor Lacroix, y siempre sobre asuntos relacionados con la Administración.


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