Rojo y blanco
Rojo y blanco —Si podemos llegar hasta fin de año —dijo la señora Leuwen—, habrá olvidado completamente a su señora de Chasteller.
—No lo sé, ¡le has formado un alma tan constante! Tú nunca has podido desprenderte de mÃ, siempre me has amado a pesar de mi conducta abominable. Con un corazón todo de una pieza como el que has formado en nuestro hijo, para olvidar, deberÃa encontrar algo que sustituyera a la antigua pasión. Espero una ocasión favorable para presentarle a la señora Grandet
—Es una mujer muy hermosa, joven y brillante.
—Y que además desea vivamente tener una gran pasión.
—Si Luciano puede observar algo de afectación, echará a correr.
Un dÃa de sol espléndido, hacia las dos y inedia, el ministro entró en el despacho de Leuwen con la faz encarnada, los ojos que se le salÃan de las órbitas, y como fuera de sÃ.
—Vaya corriendo a ver a su padre… Pero antes, copie este despacho telegráfico… Copie también esta nota que remito al Journal de ParÃs… Creo que comprenderá toda la importancia del secreto que merece este asunto…
Y mientras Luciano copiaba, añadió: