Rojo y blanco

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—No le invito a que tome el cabriolé del ministerio por razones que usted fácilmente comprenderá. Tome uno en la parada próxima, déle al cochero diez francos de propina y, en nombre de Dios, encuentre a su padre antes del cierre de la Bolsa. Como usted sabe, es a las tres y media.

Luciano, presto a marcharse y con el sombrero ya en la mano, miraba al ministro, cuya agitación apenas le permitía respirar. Al verle entrar en su despacho llegó a creer que había sido destituido, pero la palabra telégrafo le había indicado rápidamente las razones de toda aquella agitación. El ministro salió, luego volvió a entrar, y al fin dijo con tono imperioso:

—Me entregará usted a mí, a mí personalmente, las dos copias que acaba de hacer, y bajó pena de la vida no debe usted enseñarlas más que a su padre.

Dicho esto, desapareció de nuevo.

«He aquí una actitud perfectamente grosera y ridícula —se dijo Luciano—. Este tono tan ofensivo no es propio más que para sugerir la idea de una venganza fácil.

»He aquí, pues, todas mis sospechas confirmadas —pensó nuestro joven mientras corría en busca de un cabriolé—. Su Excelencia juega en la Bolsa a lo seguro… Y aquí estoy yo, actuando como cómplice de una bribonada».


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