Rojo y blanco

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Luciano tuvo muchas dificultades para localizar a su padre; finalmente, como hacía bastante frío y un poco de sol, tuvo la idea de irle a buscar en el bulevar, y le encontró admirando un enorme pez expuesto en una tienda de la esquina de la calle de Choiseul.

El señor Leuwen le recibió bastante mal, y se negó en absoluto a subir al cabriolé.

—¡Al diablo tu carricoche! ¡Yo no subo más que al mío, aunque todas las Bolsas del mundo cierren sin mi presencia!

Luciano corrió a buscar el coche de su padre a una esquina de la calle de la Paix, donde estaba esperando. Por fin, a las tres y cuarto, en el momento en que la Bolsa iba a cerrar, el señor Leuwen entró en ella.

No regresó a su casa hasta las seis.

—Ve a casa de tu ministro, entrégale estas líneas y espera a ser mal recibido.

—¡Pues bien! Por muy ministro que sea, le contestaré como se merece —replicó Luciano, muy mostazado por tener que desempeñar un papel en aquélla truhanería.

Encontró al ministro rodeado por veinte generales.

—Razón de más para mostrarme firme —se dijo.


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