Rojo y blanco

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Acababan de anunciar la cena; el mariscal N… estaba dando ya el brazo a la señora de Vaize. El ministro, de pie en medio del salón, se hallaba perorando, pero en cuanto vio a Luciano, dejó sin terminar la frase que había empezado. Abandonó al grupo y salió disparado como una bala, haciéndole una señal para que le siguiera; ya dentro de su despacho, cerró la puerta con llave y se lanzó sobre la nota. Parecía volverse loco de alegría, estrechó a Luciano entre sus largos brazos, fuertemente, y varias veces. Leuwen, de pie, con su traje negro abrochado hasta el mentón, le miraba con desagrado.

«He aquí, pues, a un ladrón —se dijo—, ¡y un ladrón en acción! En su alegría, lo mismo que en su ansiedad, tiene gestos de lacayo».

El ministro había olvidado la cena; se trataba de la primera operación que hacía en la Bolsa y se hallaba fuera de sí de contento por haber ganado unos miles de francos. Lo más divertido era que demostraba como una especie de orgullo, que se sentía ministro en toda la extensión de la palabra.

—Esto es algo divino, amigo mío —dijo a su secretario mientras regresaban juntos al comedor—. El resto habrá que verlo mañana durante la reventa.


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