Rojo y blanco
Rojo y blanco Todo el mundo estaba ya sentado a la mesa, pero por respeto a Su Excelencia, no se habían atrevido a empezar. La pobre señora de Vaize se hallaba sofocada y sudaba de ansiedad. Los veinticinco invitados, sentados en silencio, veían claramente que había que decir algo, pero no encontraban qué y formaban el más ridículo cuadro durante aquel forzado silencio que interrumpía sólo de vez en cuando las palabras tímidas y apenas articuladas con las que la señora de Vaize ofrecía un plato de sopa a su vecino de mesa, el señor mariscal, y las caras de renuncia de este último, constituían el centro de atención más cómico que pudiera imaginarse.
El ministro estaba tan emocionado, que había perdido aquella seguridad suya, tan alabada en todos sus periódicos; con aire embarazado, balbuceó algunas frases, mientras tomaba asiento: «Un despacho de las Tullerías…».
Las legumbres estaban heladas y los comensales sentían frío. El silencio era completo, y todos se hallaban tan incómodos, que Luciano pudo escuchar estas palabras:
—Se le ve muy impresionado —decía en voz baja un coronel a su vecino de mesa—, ¿le habrán echado?
—La alegría le transpira —contestó con el mismo tono un anciano general de cabellos blancos.
Por la noche, en la ópera, toda la atención de Luciano estaba concentrada en este triste pensamiento: