Rojo y blanco
Rojo y blanco «Mi padre participa en la maniobra… Se puede contestar que no hace más que cumplir su profesión de banquero. Se entera de una noticia y se aprovecha de ella, no traiciona ningún juramento… pero sin encubridor, no existirÃa el ladrón».
Aquella contestación no llevó precisamente la paz a su espÃritu. Todos los encantos de la señorita Raimunda, que fue a su palco en cuanto le vio, no pudieron arrancarle ni una sola palabra. El hombre anticuado triunfaba.
«¡Por la mañana con ladrones y por la noche con rameras! —se decÃa amargamente—. Pero ¿qué es la opinión? La gente me considerará por mis mañanas y me despreciará porque paso la noche con esta pobre muchacha. Las hermosas damas proceden como la Academia con las novelas: son juez y parte… ¡Ah!, si pudiera hablar de todo esto con…».
Se detuvo en el momento en que iba a pronunciar mentalmente el apellido de Chasteller.
Al dÃa siguiente el conde de Vaize entró corriendo en el despacho de Luciano. Cerró la puerta con llave. La expresión de sus ojos era extraña.
«¡Dios mÃo! —pensó Luciano—. ¡Cuán feo es el vicio!».