Rojo y blanco

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—Mi querido amigo, corra usted a casa de su padre —volvió a decir el ministro con voz entrecortada—. Es preciso que hable con él… absolutamente preciso… Haga todo lo posible en el mundo para traerle al ministerio, ya que… en fin, yo no puedo ir a las oficinas de «Van Peters, Leuwen y Compañía».

Luciano le miraba atentamente.

«¡Mientras me habla de su robo, no siente la menor vergüenza!».

Se equivocaba. El señor de Vaize estaba de tal modo agitado por su codicia (se trataba de realizar un beneficio de diecisiete mil francos), que mientras olvidaba su timidez, sufría enormemente al hablar con Luciano, no por pudor moral, sino porque creía a éste un hombre dado a la ironía, como su padre, y temía se le escapara algo que pudiera ser desagradable. El tono del señor de Vaize era, en aquel momento, el de un señor dirigiéndose a su criado. En primer lugar, no advertía la diferencia, de tal modo honra un ministro a quien dirige la palabra; en segundo, porque en cuanto se trataba de dinero, no se daba cuenta de nada.

El señor Leuwen acogió con risas la petición de su hijo, que por encargo del ministro le hacía.


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